El “sentido común” y sus consecuencias políticas en Argentina

El “sentido común” y sus consecuencias políticas en Argentina -

 Los comunicadores “independientes” y los profesionales neoliberales comparten una ventaja: sus “saberes”, favorables al nuevo gobierno, son considerados neutros por parte del grueso de la población argentina

Por Germán Celesia*

La economía liberal es presentado en ámbitos académicos y de la comunicación como si se tratara de un saber científico neutro desde el punto de vista ideológico, “objetivo” en el sentido de representar las propiedades intrínsecas de los hechos y circunstancias que se describen y analizan. Lo mismo sucede con la práctica periodística, donde la prensa hegemónica se muestra a sí misma como “independiente”, y por tanto portadora de la preciada “objetividad”, que la distinguiría de otras publicaciones o emisiones carentes de ese atributo.

Se trata en los dos casos – la Comunicación y la Economía - de construcciones intersubjetivas apoyadas en una red de formación de visiones del mundo proclives a los intereses económicos dominantes. Ver las cosas de ese modo facilita la resistencia a medidas populares de gobiernos como el de Cristina Kirchner y contribuye a “naturalizar” los planes de “ajuste” como el llevado adelante en la actualidad por Mauricio Macri y su equipo económico.

La explicación de la “inflación” (1) como resultado del gasto público financiado con emisión de dinero es un buen ejemplo de la facilidad con que se encuentra la concepción ortodoxa para mantener sus tesis aunque la realidad diga otra cosa. Según datos de la Reserva Federal, la base monetaria de los Estados Unidos se incrementó 214% entre enero de 2008 y octubre de 2012. No obstante, la “inflación” que acumuló en ese período fue del 9,6%, lo que desmiente al menos la linealidad de esa teoría popularizada por la Universidad de Chicago y en la cual millones de personas en Argentina y en el mundo creen de manera bastante ingenua (2).

En Argentina, en cambio, se desencadenaron estampidas de precios por efecto de las maxidevaluaciones de enero de 2014 y diciembre de 2015, en este último caso en combinación con los cambios en materia de cupos, impuestos y restricciones al comercio exterior dispuestos por el gobierno macrista. El combo presentado por el nuevo gobierno provocó que los productos importados o de exportación lideraran las subas de bienes y servicios entre diciembre de ese 2015 y enero de 2016. Sin embargo, la emisión monetaria y el déficit fiscal, señalados como responsables de los aumentos de precios por la teoría monetarista, no sufrieron variaciones significativas en esas primeras semanas, y la previsión de déficit fiscal para 2016 es de 4,8% (similar o mayor al de 2015).

En el gobierno anterior tampoco es posible encontrar una relación directa entre los dos indicadores. “En 2014 hubo (en Argentina) un déficit primario de 0,9 puntos del PBI y la inflación cerró en 36,3%. En 2015, el déficit primario fue bastante superior (2,3 puntos del PBI). Sin embargo, la inflación descendió hasta cerrar cerca del 26%. Es decir, los números de nuestra economía muestran que no hay una relación clara entre déficit e inflación, por lo que las causas de los aumentos de precios y sus soluciones habrá que buscarlas en otro lugar”, afirma el economista Andrés Asiaín. Su análisis se basa en indicadores que no provienen del Indec sino de los institutos provinciales (3).

De hecho, el índice de precios de San Luis, uno de los indicadores aceptados por el actual gobierno, marcó una desaceleración hasta octubre de 2015, cuando bajó al 1,4% de variación intermensual (contra 2,4% de septiembre); y luego una aceleración desde los anuncios devaluatorios durante la campaña: 2,9% en noviembre y 6,5% en diciembre, cuando se tomó la medida (4).

Estos datos “duros” de la realidad no fueron obstáculo para que el ministro de Finanzas, Alfonso Prat Gay, a poco de asumir se diera el lujo de realizar una exposición pública donde la tesis monetarista fue presentada como una simple descripción de los hechos y no como lo que realmente es: un discurso ideológico destinado a justificar un plan de ajuste que – según sugiere la experiencia histórica (5) – tendrá consecuencias negativas sobre la actividad económica, el empleo y sobre todo el ingreso de los asalariados, jubilados y beneficiarios de planes sociales (6). Además, por si faltaba una confirmación más contundente, en su discurso del 1 de marzo ante la Asamblea Legislativa, el Presidente insistió en esa explicación refutada por los hechos: acusó livianamente al kirchnerismo de "generar una inflación acumulada del 700 por ciento en los últimos 10 años a causa de la utilización del Banco Central para abastecer gasto público y pagar deuda" (7)

La “objetividad” periodística

La misma matriz presente en el caso de la economía se repite en el terreno del periodismo político: antes del cambio de gobierno, se buscó desde la prensa hegemónica, con indudable éxito, establecer una línea divisoria entre el “periodismo independiente”, liderado por La Nación y el Grupo Clarín, y el “periodismo militante” de los medios afines al gobierno de Cristina Fernández.

El engaño a la audiencia se sustentaba en una construcción teórica desarrollada en el siglo XX por el periodismo empresario de Estados Unidos, que fue replicado durante años por las escuelas y facultades de periodismo y comunicación en Argentina. Se trata de la supuesta “objetividad” periodística a la cual tributarían los medios en los que se desempeñan Jorge Lanata, Eduardo Van der Kooy o Joaquín Morales Solá, por mencionar a algunos de los más prominentes.

Ese apego a los “objetivo” se contrapondría con la “militancia” de Horacio Verbitsky, Víctor Hugo Morales y otros profesionales y medios a los que se adosaba el mote de “kirchneristas”. Según esta tesis, en un caso, el periodismo actuaría como simple intermediario entre las noticias y su audiencia, y en el segundo como filtro ideológico de lo que ocurre, como difusor de un “relato” que acomodaría la realidad a las conveniencias políticas del kirchnerismo.

El periodismo argentino, pese al “relato” de la prensa antikirchnerista, fue militante desde sus orígenes, aunque en gran parte del siglo XX desplegó la bandera de la “objetividad” a tono con un intento por enfatizar el carácter científico a las Ciencias de la Comunicación en general y las técnicas periodísticas en particular, más allá de que en muchos casos se usara a esa pretensión de neutralidad como excusa para esconder intereses particulares, políticos o empresarios.

Fue militante la Gazeta de Mariano Moreno en la causa de la revolución de mayo de 1810 y también lo fue y lo sigue siendo La Nación de Bartolomé Mitre, quien  propuso en la primera editorial del diario que la publicación se constituyera en una “tribuna de doctrina” de las ideas liberales de la “generación del 80”. También ha sido militante en las causas vinculadas con los derechos humanos y la izquierda el diario Página/12, y el matutino lo dejó en claro ya en el número 0. El caso de Clarín es diferente, ya que la “militancia” frondizista de mediados del siglo XX fue reemplazada por una lógica de acumulación empresaria.

Ninguna militancia es en sí misma objetable, salvo – desde mi punto de vista - la que promueva el odio irracional contra grupos de pertenencia, políticos, sociales o étnicos, por ejemplo. En cambio, pretender que el periodismo sea neutro respecto de los actores políticos, sociales y empresarios sí es cuestionable, al menos desde el punto de vista metodológico, porque sería contradictorio con la naturaleza social de las ciencias de la Comunicación.

No se puede extrapolar el “dos por dos es igual a cuatro” al periodismo, porque no es lo mismo presentar a un personaje público como “polémico” por no comulgar con las ideas liberales ni con Clarín (como Guillermo Moreno o Martín Sabbatella) que referirse a ellos en términos neutros o favorables. No es “objetivo” en sí mismo hablar de la “ruta del dinero k”, lo que implica dar por sentada la existencia de un circuito ilegal de dinero de origen espurio. No sin tener probado siquiera mínimamente que exista un desvío de recursos públicos, sin el cual el circuito ilegal no tendría sentido.

Tampoco es “objetivo” construir decenas de tapas con el procesamiento de un vicepresidente y ocultar que Macri fue el primer Jefe de Estado en asumir sus funciones presidenciales sin dejar de estar procesado por un delito que le fue atribuido durante su gestión como Jefe de Gobierno porteño. Menos aún construir una supuesta interferencia de  Cristina Fernández en la Corte Suprema de Justicia y presentar el intento de usurpación de ese poder del Estado por parte de Macri como una simple decisión administrativa.

Detengámonos en ese hecho por un minuto: “Nueva embestida del Gobierno para lograr una vacante en la Corte”, fue el título central de Clarín del 6 de mayo de 2015. La palabra “embestida” atribuía un carácter violento e irracional al señalamiento por parte de legisladores oficialistas de dudas sobre la capacidad del nonagenario Carlos Fayt de continuar  ejerciendo su cargo de juez de la Corte, al que renunciaría pocos meses después. En cambio, la decisión de Macri de pasar por alto la Constitución y las leyes y decretos vinculados con la designación “en comisión” de dos magistrados de la máxima instancia judicial, mereció el siguiente titular del matutino: “Macri cubrió las dos vacantes de la Corte”. De esa manera, en su tapa del 15 de diciembre, el diario daba por concretada esa maniobra y no la calificaba de ningún modo pese a su manifiesta ilegalidad.

El “sentido común” y la prensa

Muchos militantes opositores se peguntan aún el porqué del triunfo por primera vez de una opción política de derecha en comicios libres en Argentina. Casi todos coincidirán seguramente en que se trató de una multiplicidad de factores. Entre ellos, no habría que dejar de lado el rol de la prensa hegemónica en la conformación de un “sentido común” ciudadano proclive a naturalizar las concepciones liberales de la economía aunque le sean desfavorables a sus propios intereses y los de su grupo social de pertenencia. Y que predispone además a juzgar negativamente a todo dirigente o idea de origen popular, sobre todo si es kirchnerista.

De acuerdo con ese “sentido común”, el dólar sería una divisa “naturalmente” libre al arbitrio del mercado financiero, y la administración del tipo de cambio homologable a un instrumento de tortura: nada menos que el “cepo”. De la misma manera, los subsidios al consumo energético serían un “despilfarro” y los incrementos exorbitantes dispuestos por el macrismo una muestra de “racionalidad”.

Los medios dominantes, sobre a través de sus editores, lograron predisponer a la población a percibir a la maxidevaluación resuelta por el nuevo gobierno como portadora de la impronta positiva de la “libertad”, incluso aunque haya resultado nociva para los bolsillos de la mayoría. Morales Solá contribuyó a la creación de un punto de vista similar en relación con los subsidios: “Macri se propuso un cambio cultural de la sociedad argentina. Debe pasar, por ejemplo, del derroche de la energía al cuidado permanente de ella. Las tarifas deben ser, por lo tanto, altas” (8).

Según esta línea argumentativa, lo “naturalmente” malo sería el consumo de las familias y lo que surge de la “razón” neoliberal un incremento en los valores, ya no el temerario aumento adjudicado el kirchnerismo, sino una simple “adecuación” tarifaria del nuevo gobierno. Hay que ver para creer: El 28 de febrero de 2014, el título central de Clarín y varias de sus notas advertía sobre el “tarifazo que se viene”. En cambio, en enero de 2016, el diario hablaba de “nuevos valores en los servicios públicos” y evitaba el uso de la palabra con la que calificó variaciones mucho menores dispuestas por el gobierno anterior.

Por si todo lo anterior fuera poco, los cargos de la administración pública nacional habrían sido ocupados por “ñoquis” de la agrupación liderada por Máximo Kirchner, según el relato de la prensa hegemónica. La caracterización, añeja, lleva consigo la justificación del despido de miles trabajadores dispuestos por el nuevo gobierno, con una excusa perfecta: “el Estado no puede ser un aguantadero de La Cámpora” (9).

Ese supuesto “lugar donde se refugian delincuentes”, según los diccionarios de lunfardo argentino, no puede ser el Estado, claro, pero resulta que los telegramas de despido enviados a los trabajadores cesanteados no aludían a incumplimientos contractuales y menos aún a eventuales delitos. No importa: el prejuicio fue instalado en la sociedad argentina y dio pie a otra desmesura del Ministro de Hacienda macrista: la alusión a la supuesta “grasa militante” (10) que habría que eliminar del Estado para que éste luzca a tono con los ideales de belleza del nuevo gobierno.

* Periodista (UNLP)

Notas

(1)Usualmente se la define a la “inflación” como el crecimiento continuo y generalizado de los precios de los bienes y servicios y factores productivos de una economía a lo largo del tiempo. http://www.econlink.com.ar/definicion/inflacion.shtml

(2) http://www.eleconomista.com.ar/2013-01-emision-e-inflacion/

(3) http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/48-9114-2016-02-01.html

(4) http://www.estadistica.sanluis.gov.ar/estadisticaasp/Paginas/Pagina.asp?PaginaId=76

(5) “Crisis de divisas y devaluación en Argentina: una perspectiva histórica”, Comunidad y Desarrollo número 23, páginas 8 a 11. Autores: Esteban Bertuccio, Juan Manuel Tellechea y Pablo Wahren

(6) http://www.economia.gob.ar/plan-fiscal-y-metas-de-inflacion-2016-2019/

(7) http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-293568-2016-03-01.html

(8) http://www.lanacion.com.ar/1867698-el-riesgo-de-arruinar-el-romance-con-la-sociedad

 (9)http://www.clarin.com/politica/elecciones_2015-macri-conurbano-lacampora_0_1465653428.html

(10) http://www.losandes.com.ar/article/prat-gay-hablo-de-la-grasa-de-los-militantes-y-profundizo-la-grieta-en-twitter

 


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