El fracaso de los precios "transparentes".

Por Américo García.

El fracaso de los precios

El fracaso de los precios “transparentes”

El gobierno nacional acaba de reformular el programa pomposamente llamado de “precios transparentes” frente a las claras evidencias de que su puesta en escena no tuvo los resultados que se esperaban y que por el contrario se transformó en una forma más de deprimir el consumo.

Las ventas de diferentes bienes y servicios en cuotas sin interés, especialmente a través de tarjetas de crédito, se habían convertido en un mecanismo que estimulaba o mantenía el consumo y que para bienes durables, con precios elevados, constituía una manera de acceder a ellos, muy especialmente desde sectores de ingresos medios y bajos. El gobierno anterior había implementado el programa Ahora 12, a través del cual se podían adquirir diversos bienes de una amplia gama de producción nacional, pagando con tarjeta de crédito en 12 cuotas sin intereses. Desde una concepción ideologizada pero con un objetivo de carácter práctico el gobierno decidió cambiar el esquema. Su fundamento residió en el hecho que los precios al contado, si eran los mismos que el resultante total de los precios en cuotas, tenían implícito un interés. Si bien esto se cae de maduro, el sistema funcionaba y en todo caso perjudicaba a aquellos que compraban al contado o en un solo pago con tarjeta. Uno podría deducir que quienes así actuaban constituían un sector minoritario, de ingresos relativamente altos, a quienes les daba lo mismo, o que por alguna razón preferían, para ciertas compras, el pago al contado. Y que quienes optaban por el pago en cuotas pertenecían a sectores de ingresos medios o bajos con dificultades para acceder al consumo de cierto tipo de bienes.

Desde sus concepciones económicas dogmáticas, los funcionarios del gobierno interpretaron que las modificaciones que impulsaban, supuestamente para darle más transparencia a este tipo de operaciones, redundarían en una baja de los precios al contado, al eliminarse el interés implícito que allí estaba contenido. Pero resulta que la realidad económica de la Argentina no es igual a los supuestos de la economía neoclásica. Resulta que la economía argentina está altamente oligopolizada y monopolizada en sectores claves y que esas pocas empresas que dominan mercados importantes son las que fijan los precios. Por ejemplo, en el caso de la comercialización minorista de productos masivos, cinco grandes cadenas de supermercados controlan casi el 80 % de la comercialización. En un escenario de este tipo su estrategia difícilmente iba a pasar por disminuir los precios al contado. En todo caso, si ello ocurría, solamente abarcaría a un par de productos publicitados fuertemente como forma de atracción a los consumidores para su concurrencia a los grandes establecimientos, mientras embolsaban para el resto de los productos el mantenimiento del nivel de los precios al contado.

El gobierno especuló, de aquí el carácter práctico de los precios transparentes, con que la disminución de los precios al contado se reflejaría en los índices de precios y confirmaría así su relato de la caída de la inflación. E incluso algunos funcionarios llegaron a aventurar que con la supuesta baja de los precios vendría una recuperación de las ventas. 

Pero como queda claro, nada de lo que el gobierno previó con los precios transparentes ocurrió. La disminución de precios no se produjo. Los precios al contado o en un solo pago con tarjeta se mantuvieron casi en el mismo nivel, mientras que la diferenciación de estos con los precios financiados trajo como consecuencia una retracción de las compras por parte de los consumidores.

Frente a este panorama que agudiza las condiciones recesivas que presenta la economía argentina, fruto de las políticas gubernamentales, se cambia la estrategia. Y se deja de lado parte de la anunciada transparencia. Los proveedores/vendedores ya no deberán informar a los consumidores en el caso de las ventas en cuotas de la tasa de interés efectiva anual ni del costo financiero total. Si bien es cierto que se trata de dos conceptos con cierto tecnicismo, aunque digamos que una persona con título secundario que haya cursado matemáticas financieras lo puede calcular fácilmente, su explicitación permite en un caso poder comparar la tasa de interés que se cobra con la inflación prevista y de esa manera evaluar si dicha tasa es alta o baja y si le conviene entonces comprar en cuotas. Mientras que el costo financiero total “transparenta” el costo real de la financiación, que muchas veces, o casi siempre, va más allá de la tasa de interés e incluye gastos administrativos que perciben las entidades que financian en definitiva estas operaciones que concreta el comercio.

El gobierno ha dispuesto también “mantener” el programa Ahora 12 y el incorporado Ahora 18 pero con la modalidad de que las cuotas ahora incluyen intereses. Para los sectores de indumentaria, calzado y marroquinería, fuertemente golpeados por las masivas importaciones, habrá posibilidades de comprar en 3 y 6 cuotas sin intereses.

Las modificaciones que entran en vigencia en el mes de abril demuestran el fracaso de la estrategia gubernamental. El enfoque ideológico neoliberal de los funcionarios, con su desconocimiento de los mecanismos de funcionamiento de los principales mercados en la economía argentina, hicieron que “el mejor equipo de los últimos 50 años” cometa errores tales que provocan efectos inversos a los objetivos pretendidos.

Además puede preverse que los cambios no habrán de influir en el comportamiento de retracción que tiene la demanda de los consumidores. Porque esta conducta obedece mayormente a los problemas que existen con el empleo, o sea el aumento de la desocupación y la amenaza de que siga creciendo, y la caída del poder adquisitivo de los salarios que también seguirán con esa tendencia, si el gobierno insiste en ponerle un techo a las paritarias.

Américo García

Fundación Acción para la Comunidad

31/03/2017


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